Lawal



¿Qué pasaría si un día todo tu mundo, en el que vives en paz, comienza a ser destruido por el agua?
Eso es lo que le sucede a Lawal. Un pequeño puma que vive en las faldas de un gran volcán chileno, al ver cómo su mundo se destruye bajo el actuar de una poderosa y malvada Mantarraya.
Lawal se dispone a vivir los acontecimientos más emocionantes de su vida, para poder salvar su tierra y adentrarse en selvas misteriosas donde conoce amigos inimaginables, que lo acompañarán y ayudarán en esta aventura. El objetivo es encontrar al Milodón. Un solitario oso con poderes mágicos, y el único capaz de detener y vencer a la Mantarraya.
LAWAL
Hace mucho, mucho tiempo, cuando los animales hablaban, existía un lugar maravilloso, donde los árboles crecían milenarios, las lluvias limpiaban las penas y el verde cubría la tierra. En este mágico lugar, a los pies del gran volcán Chaitén, vivía Lawal.
Lawal era un puma; un gato de las montañas. Su vida se llevaba a cabo entre alerces, ríos, cascadas y cielo. Recorría la tierra aventurándose en largas caminatas hacia las alturas, subiendo el volcán, o recorriendo los senderos río abajo, en dirección al vasto mar. Lawal era feliz. Agradecía cada día como un regalo. Sentía que tenía todo lo que necesitaba, y más.
Su manada vivía en esos sectores y Lawal era el más pequeño del grupo. Era protegido por el resto y tenía prohibido el alejamiento, aún era muy pequeño para cazar y saber defenderse por sí solo.
Un bello día de verano, Lawal cansado de la sobreprotección del grupo y la poca acción, decide emprender un viaje de varios días en dirección al océano. Caminó unos cuantos kilómetros siguiendo el curso del Río Blanco, disfrutando de las bellezas de su tierra, se bañaba en las frías aguas del río, tomaba sol sobre las rocas, perseguía insectos en los claros del bosque, y subía y bajaba de los gigantes árboles sin problema gracias a sus poderosas garras.
Estaba descansando sobre una roca, mirando las nubes, cuando de repente escuchó un rugido profundo que se hacía cada vez más fuerte y ensordecedor. Se paró rápidamente, alerta, esperando ver qué sucedía río abajo. No tuvo tiempo de bajar la roca. Una pared de agua cayó sobre él. Quedó sumergido y fue arrastrado hacia unos árboles. Logró subir a uno de ellos y escapar del tsunami que acababa de pasar.
Esperó que el agua bajara, y se dispuso a continuar su camino rápidamente hacia el océano para averiguar qué estaba aconteciendo. A medida que se acercaba a la orilla del mar, veía con tristeza la destrucción que había dejado a su paso, la ola. Lawal no lograba entender qué podría haber provocado tal fenómeno. Hacía memoria y no recordaba haber escuchado o visto algo así anteriormente.
Cuando por fin llegó a la playa, se encontró con algo que jamás imaginó. Una mantarraya gigante y malvada, que poseía poderes sobrenaturales estaba tratando de destruir por completo la tierra para así apoderarse del mundo entero. Sus poderes eran tan fuertes que producía unos gigantes maremotos donde cubría la tierra con agua, arrasando con todo a su paso. 
Lawal, asustado y triste por lo que ocurría, decidió volver de prisa a su casa, donde contó lo que había ocurrido en la playa. Sin embargo, todos comenzaron a reír y burlarse de él, no creyendo ni una sola palabra de lo que este pequeño puma decía.
Estando Lawal recostado sobre un montón de hojas, comenzó a recordar que cuando era muy pequeño había escuchado a su abuelito hablar de que entre las montañas más altas, más allá de los grandes ríos, existe una escondida cueva, donde habita el Milodón. Un solitario oso que posee poderes mágicos. La historia decía que cada año miles de aventureros van en su búsqueda, sin embargo, nadie ha podido hallarlo jamás.
Una fría y oscura tarde, Lawal decidió ir en busca de aquel misterioso oso. Ya que sintió que él era su única esperanza para poder salvar la tierra de aquella malvada mantarraya. Con una gran mochila azul en su espalda, donde llevaba todo lo necesario para el viaje, y con la fe puesta en hallar al oso, este pequeño y valiente puma dejó su hogar y se adentró en la más grande y misteriosa selva que haya podido concebir.
Lawal, asustado pero decidido, comenzó a caminar despacio hasta desaparecer entre los árboles de aquella selva. Caminó sin mirar atrás, sin pensar, sin decir una sola palabra. De repente, se dio cuenta que había pasado mucho tiempo y que las estrellas brillaban en el profundo firmamento. Puso atención al lugar donde se encontraba, notando así el silbido de los grillos, la suave voz de los búhos, y el ulular de las hojas de los árboles, con el viento. Por sólo un instante cerró los ojos y pudo disfrutar el mágico sitio donde se encontraba. El sueño cayó sobre él. Por lo que rápidamente se dispuso a encontrar un lugar para pasar la noche. Exploró a su alrededor, y casi de inmediato se topó con una pequeña cueva; lugar perfecto para dormir cómodamente, guarnecido del frío entumecedor de la Patagonia. Encendió una fogata, y sacó de su mochila un puñado de frutos para alimentarse. Pocos instantes después, se durmió profundamente.
La mañana siguiente, Lawal despertó con rayos de sol que iluminaban y calentaban su rostro. Con el ánimo renovado, se dispuso a continuar su aventura. De día, la selva tenía un aspecto mucho más amigable. Ya no lo asustaba. Mientras caminaba podía oler el suave aroma de las flores abriéndose y disfrutar del canto de los pájaros saludando al sol. Ciertamente, este viaje quedaría guardado en su memoria para siempre. Sus hijos y nietos serían testigos de esta maravillosa historia.
Caminando en medio de unas zarzamoras, el puma se distrajo contemplando con ansias las grandes y jugosas moras que pendían de los arbustos. Saboreándose, decidió probarlas. Estaba en eso cuando oyó unas fuertes pisadas que se acercaban y se detenían tras él. Con un rápido movimiento, Lawal se dio vuelta y se encontró de frente con un enorme huemul. El gran animal tenía una mirada profunda y solemne. Lawal, un poco asustado y sorprendido, decidió hablarle; sin saber que este personaje sería quien lo llevaría a su destino. El huemul se llamaba Kuk. Era un ser tranquilo, pasivo, profundo. Después de las respectivas presentaciones, continuaron el camino juntos. Ambos se sentían amenazados. Kuk también había sido víctima del gran tsunami provocado por la mantarraya.
Mientras caminaban en busca del gran oso mágico, Kuk contaba historias de su tierra, su clan y sus antepasados. Uno de sus relatos, hablaba de un gran desastre natural ocurrido 50 o 60 (también pueden haber sido 70) años atrás, donde después de un colosal maremoto, un grupo de animales marinos se habían empeñado en apoderarse de las tierras altas inundando todo, y así ser los dueños del mundo. Kuk relataba que aquella vez, la única salvación a esa infernal pesadilla, había sido la intervención del Milodón. La leyenda decía que este maravilloso ser sólo ayudaba al que fuera a verlo y tuviera un buen corazón ¡Esa era la clave! ¡El Milodón no ayudaba a cualquiera! Lawal, sorprendido y entusiasmado con esta nueva información, escuchaba cada palabra que su nuevo compañero le decía.
Anduvieron mucho tiempo sin detenerse. El cansancio los dominaba por completo. A medida que avanzaban las horas, ya casi no hablaban; sólo se ocupaban de avanzar. Súbitamente, Kuk tiró con fuerza la cola del puma, sacándolo de su trance de agotamiento. Lawal, desconcertado, miró a Kuk, y este le indicó el profundo precipicio que se abría delante de ellos. Asombrados, se acercaron a la orilla, y se encontraron con un río caudaloso en el fondo del abismo, que parecía gritar, con el rugir de sus aguas. Ambos amigos, afligidos por no saber cómo cruzar tal obstáculo, se sentaron en el tronco de árbol caído, a descansar y pensar en alguna solución. Ahí estaban, con un leve sentimiento de derrota, cuando escucharon una voz desconocida. Miraron en todas direcciones, buscando al dueño de este peculiar sonido. (CLUMP) Cayó un piñón. (CLUMP CLUMP) cayeron dos piñones más. Lawal miró hacia lo alto, y vio, sobre ellos, posada en una gran araucaria, una maravillosa águila. Tenía alas gigantescas, un pico poderoso, y garras afiladas y feroces. Súbitamente, el ave se puso a reír a carcajadas. Los amigos no entendían nada. Sin parar de reírse, el hermoso pájaro descendió hasta donde estaban ellos, y les preguntó, amable y extrañado, qué estaban haciendo en ese lugar, un huemul y un puma. Los amigos le relataron su historia, de la gran ola destructora, de la mantarraya malvada, y de la búsqueda del Milodón.
Kürüf, el águila, escuchaba atenta la historia de los dos personajes encontrados bajo su araucaria milenaria predilecta. Al terminar de oír el relato, amablemente y con una sonrisa, les dijo que conocía el lugar que ellos buscaban, y se ofreció a llevarlos a la cueva del mágico y misterioso oso. Ciertamente, no podía transportar a ambos amigos al mismo tiempo, por lo que Lawal decidió aventurarse primero hacia la guarida. El águila, con sus poderosas garras, tomó al puma de su lomo, y emprendió vuelo, perdiéndose de la vista de Kuk. Quien había quedado bajo la gran araucaria esperando su turno de volar.
Volaron un buen rato. Lawal veía bajo sus pies los grandes árboles, que parecían pequeños arbustos, desde la vertiginosa altura en que se encontraban. Kürüf dio un giro inesperado, y dejó caer al puma justo en la entrada de una oscura cueva. Lawal, nervioso pero decidido, recordó las palabras de su amigo “el Milodón ayuda a los de gran corazón”. El pequeño gato se armó de valor, y se adentró en la oscuridad del foso.
Ya dentro de la gruta, Lawal tuvo que forzar sus ojos para lograr ver algo en esa oscuridad casi total. Todo era frío y húmedo. Se oían gotas de agua caer, y la poca iluminación permitía ver estalactitas brillantes en los costados de la cueva. El puma buscó y buscó, caminó durante mucho tiempo, sin hallar nada. Las dudas comenzaron a surgir: ¿Existirá realmente el Milodón?, ¿Habrá existido alguna vez y ya no está?...  Estaba en eso cuando las palabras de su Kürüf llegaron a su mente, “sólo los que se esfuercen encontrarán la ayuda que tanto necesitan”. Confortado por las palabras de su amiga, Lawal continuó la búsqueda. Pasó un rato, cuando a lo lejos vio una luz de color violeta, que parpadeaba como llamándolo. Con el corazón latiendo a mil, el gato comenzó a correr en dirección a la luz. A medida que se acercaba, se daba cuenta que ese cristal era una de las cosas más hermosas que había visto alguna vez en su vida. Por fin, llegó frente a la piedra preciosa. Tomó aire, y sintiendo una fuerza superior a él, tocó la gema. En ese instante, toda la cueva comenzó a temblar. Reflejos violetas de la piedra comenzaron a iluminar el gran foso donde se encontraba. De repente, en una pared cercana a él, pudo distinguir una puerta de madera. Se acercó a ella, y con lágrimas en los ojos, leyó “AQUÍ RESIDE MILODÓN. LOS PUROS DE CORAZÓN SON BIENVENIDOS”. En un impulso, el puma de las montañas abrió la puerta y entró.
Lawal se encontró con un personaje tan distinto a lo que había imaginado. Ahí estaba, un oso alto y robusto. Su pelaje era gris y brillaba. Parecía un viejo sabio. Sus ojos resplandecían como el fuego, y su aliento olía a madera de los profundos bosques del sur. El gato, se acercó temblorosamente, sin querer molestar al gran animal. En ese instante, el Milodón habló con una voz grave, y le dijo: “Sé a lo que vienes. Te estaba esperando”. El gran oso, poniendo a prueba a Lawal, le ofreció poder. Pero nuestro amigo puma, con su corazón puro y sentimientos sinceros, sólo pidió la sabiduría necesaria para derrotar el mal y poder salvar la tierra. El Milodón, sorprendido por la bondad del pequeño gato de las montañas, le concedió conocimientos maravillosos; sabiduría ancestral, madurez y el arma suprema para derrotar el mal: Ayün (Amor). Después de esto, el gran oso abrazó a Lawal y se desvaneció. El puma quedó sorprendido y agradecido del encuentro. Retornó sobre sus pasos y salió de la madriguera. Afuera estaban Kuk y Kürüf esperando a su amigo. Lawal les narró lo sucedido, por lo que todos se armaron de valor y emprendieron el viaje para derrotar a la mantarraya.
Luego de mucho andar, llegaron al lugar donde se encontraba el malvado animal. Todo a su alrededor era destrucción. Las aguas ya habían inundado la mayoría de las tierras, y los pocos habitantes que quedaban se escondían en la cima de la cordillera, lo más lejos posible de las olas que destruían las costas.  La gran mantarraya se disponía a terminar su trabajo y arrasar con todo, cuando Lawal se paró frente a ella, en la cima de un cerro, le gritó y ordenó que se detuviera, pero no hubo respuesta. La vil mantarraya reía y azotaba tierra firme. Lawal, queriendo evitar más desgracia, le dio una última oportunidad a la mantarraya, pero esta no cesó su ataque. Entonces el puma, tomando los poderes maravillosos entregados por el Milodón, agarró de las manos a sus amigos, formaron un círculo cerrado y comenzaron a cantar. La canción invocaba a todos los pájaros, todos los mamíferos terrestres, todos los animales marinos, al viento, al sol, a la luna y el mar. Todas las energías de la vida se manifestaron, creando una burbuja que comenzó a crecer y crecer, hasta cubrir todo. Cuando la mantarraya quedó sumergida en esta burbuja energética, se detuvo. No pudo continuar su ataque. El amor y el respeto por la vida habían tocado su corazón. Inmediatamente las aguas comenzaron a descender. Los ríos volvieron a su cauce, los aluviones cesaron.
La malvada mantarraya conoció lo que era amar y ser amado. Inmediatamente tomó consciencia de sus actos y pidió perdón. Todos los animales recibieron y agradecieron las disculpas. Celebraron la maravilla de estar vivos, y reconocieron que el amor siempre triunfa por sobre todo lo demás, los animales reconocieron en Lawal la vuelta de la esperanza y el poder de la unión y el amor a sus vidas.
 Devuelta la mantarraya a su grupo fue rechazada y denigrada, ya no tenía el espíritu maldadoso y rufián, así la mantarraya pasa a ser una más en su especie ambición de poder se suprime y finalmente forma una familia muy feliz.   
Lawal, conforme y contento, se despide de sus amigos, agradece la ayuda y la amistad, y emprende el viaje de vuelta a su tierra. Con la sabiduría obtenida del Milodón, el puma logró unir a todos los seres y salvar el mundo de su destrucción.

Al llegar a casa, Lawal se reencontró con su familia.
Ya no era un pequeño puma; sino un líder.

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